La ardua fatiga del abogado

El jurista español Ángel Ossorio y Gallardo, en su obra El alma de la toga, recoge en su tercer decálogo una máxima que define la esencia del ejercicio profesional: “Trabaja. La abogacía es una ardua fatiga puesta al servicio de la justicia.” Esta frase, breve pero contundente, encierra una concepción profundamente ética del Derecho, donde el abogado no es un mero operador técnico, sino un servidor comprometido con una causa superior: la justicia.

Desde una perspectiva jurídica, este principio impone al abogado un deber de diligencia reforzada. No basta con conocer la ley; es indispensable estudiarla, interpretarla, aplicarla estratégicamente y, sobre todo, trabajar incansablemente en cada caso. La abogacía exige disciplina intelectual, rigor probatorio y constancia procesal. La “ardua fatiga” a la que alude Ossorio no es retórica: se traduce en largas horas de lectura jurídica y no jurídica, revisión de expedientes, redacción de escritos, análisis de jurisprudencia y preparación de audiencias.

En la práctica diaria, este decálogo cobra especial relevancia. Pensemos en un abogado que representa a un trabajador despedido intempestivamente. El caso, en apariencia sencillo, requiere más que una demanda estándar. El profesional diligente revisa minuciosamente el contrato laboral, verifica roles de pago, calcula correctamente la liquidación conforme al Código del Trabajo de Ecuador, identifica posibles rubros omitidos (como horas extras, vacaciones no gozadas o utilidades), y recopila pruebas documentales y testimoniales. Además, se anticipa a las defensas del empleador y estructura su demanda con fundamentos sólidos de hecho y de derecho.

Ese trabajo constante y meticuloso puede marcar la diferencia entre una sentencia favorable y una desfavorable. Aquí se evidencia que la justicia no se alcanza solo con normas, sino con el esfuerzo humano del abogado que las activa y las hace valer.

En conclusión, el tercer decálogo de Ossorio no es una simple exhortación moral, sino una regla de conducta profesional. Recordar que la abogacía es “ardua fatiga” implica asumir que cada caso merece entrega total. Solo así el abogado honra su rol social y contribuye efectivamente a la realización de la justicia.

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